02 · Septiembre · 2010 — Cupertino
El último correo
que envió Steve Jobs.
No se lo escribió a un periodista, ni a un ejecutivo, ni a su sucesor. Se lo escribió a sí mismo. Casi un año antes de morir, desde su iPad, un sábado por la mañana.
Era una costumbre suya. Cuando una idea le rondaba la cabeza y no quería perderla, abría el correo y se la mandaba a su propio buzón. Una libreta digital en forma de bandeja de entrada. Borradores que nadie iba a leer.
Pero éste, el del 2 de septiembre de 2010, era distinto. No era una nota de producto. No era una corrección de tipografía para Keynote ni una idea para una conferencia. Era, casi sin querer, un poema. Una lista. Una confesión.
El hombre al que el mundo había aprendido a ver como un genio solitario —el que cambió la música, los teléfonos, las películas animadas, la forma en que tipeamos— se sentó a anotar todo lo que no había inventado él.
Cultivo poco de lo que como, y de lo poco que cultivo no creé ni perfeccioné las semillas.
No confecciono mi propia ropa. Hablo una lengua que no inventé ni refiné. No descubrí las matemáticas que utilizo.
Estoy protegido por libertades y leyes que no concebí. Me conmueve música que no compuse. Cuando necesité atención médica, no pude hacer nada por mi cuenta para sobrevivir.
Yo no inventé el transistor, ni el microprocesador, ni la programación orientada a objetos, ni la mayoría de la tecnología con la que trabajo.
Amo y admiro a mi especie, viva y muerta, y soy totalmente dependiente de ellos para mi vida y mi bienestar.
— Sent from my iPad
Lo que dice,
en realidad.
Nadie construye solo. Todo producto, toda empresa, todo gesto de aparente originalidad está parado encima de generaciones de gente anónima que cultivó las semillas, corrigió el lenguaje, diseñó el transistor, escribió las leyes que nos dejan trabajar tranquilos.
Esta página existe porque estamos construyendo algo, todavía sin nombre definitivo. Un studio. Un protocolo. Una capa de infraestructura. Y antes de mostrar cualquier cosa, quisimos dejar acá, como primer ladrillo, esta idea prestada: que no inventamos casi nada, y que está bien.